Sedantes drogas

"LA FELICIDAD TECNOLOGICA.De un futuro sin capitalismo a un capitalismo sin futuro" (Andrés Herrero) . Entrega No 10 ((En el mundo en que vivimos,la tranquilidad es una pastillita")

2016.10.08 20:59 RaulMarti "LA FELICIDAD TECNOLOGICA.De un futuro sin capitalismo a un capitalismo sin futuro" (Andrés Herrero) . Entrega No 10 ((En el mundo en que vivimos,la tranquilidad es una pastillita")

La existencia humana se ha vuelto tremendamente gravosa desde que tenemos que retribuir servicios que eran gratuitos como el cuidado de ancianos, enfermos o niños, o pagar por recursos básicos como la caza, la pesca, el agua o la leña para cocinar y calentarse que antes podían obtenerse libremente.
Es un escándalo que en la sociedad más rica, desarrollada y con mayor abundancia de bienes que ha conocido el planeta, más gente que nunca perezca de inanición,carezca de ocupación o malviva llena de privaciones mientras se destruyen cosechas para mantener los precios o se rescatan bancos con fondos públicos (¿que puede haber más normal que la persona que no puede pagar la hipoteca, ayude con sus impuestos al banco para que no quiebre y pueda asi éste embargarle su vivienda?)...
El aumento de policías, prisiones y sistemas de seguridad, o el hecho de que haya más negros en las cárceles de EEUU que en las universidades (seguramente porque allí les forman mejor para sus necesidades futuras), demuestra su fracaso.
La ecuación es clara: a menor estado social, mayor estado policial. “La miseria material engendra miseria moral, porque la gente tiene que sobrevivir, y si para conseguirlo tiene que robar o prostituirse, pues lo hace”.
Muchos son los desposeídos y pocos los enriquecidos.
La riqueza ni se crea ni se destruye: tan solo cambia de manos.
Lo que uno gana otro lo pierde.
La riqueza de las naciones solo es la riqueza de los particulares que se adueñan de ella.
Miseria y riqueza constituyen dos caras de la misma moneda, aunque no sea lo mismo morir de obesidad o exceso de colesterol, que por falta de medicinas o alimento.
“Lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres.
La Tierra ofrece lo suficiente como para satisfacer lo que cada hombre necesita, pero no para lo que cada hombre codicia.
La causa de la libertad se convierte en una burla cuando el precio a pagar es la desnutrición y destrucción de quienes deberían beneficiarse de ella”.
Las garras del “progreso” van dejando un rosario de víctimas por el camino.
El tercer mundo padece una anorexia forzada, y el primero una obesidad controlada, en la que “los Mc Donalds representan la cartilla de racionamiento del sueño americano”.
El capitalismo despoja a la gente por medio del mercado y luego deja a la miseria el trabajo sucio de rematarla.
La riqueza opera como la mayor arma de destrucción masiva jamás concebida por el hombre: las cámaras de gas han sido reemplazadas por políticas de desigualdad que liquidan a la gente con mayor efectividad y menor coste que los hornos nazis.
La depuración económica se ha revelado como la auténtica limpieza étnica de nuestro tiempo.
Tan natural resulta morir de mercado, ya sea de hambre, agrandándose los senos o reduciéndose el estómago, en accidente laboral o de tráfico, víctima del paro, la comida basura, la contaminación o el sedentarismo, como para un primitivo sucumbir a causa de la picadura de una serpiente, por el embrujo de un mal espíritu o una diarrea.
Como puntualiza el sociólogo y relator de la ONU Jean Ziegler:
Cada cuatro minutos, alguien pierde la vista por falta de vitamina A.
Un niño subalimentado entre los cero y los cinco años ya no tiene arreglo; incluso si después lo adopta una familia europea, está dañado de por vida.
«La tragedia es que las 255 fortunas más importantes del mundo poseen una renta equivalente a la de los 2.500 millones de personas más pobres, que componen el 40% de la población mundial
. Pero cuanto más negro es su dinero, más blanca quieren que sea su alma; y lo digo con conocimiento de causa porque vivo en Suiza, el país más rico del globo, cuya única materia prima es el dinero de los demás.
«Vivimos en la jungla del capitalismo globalizado y la ley del más fuerte. La guerra de Irak solo ha sido una OPA sangrienta sobre las segundas reservas mundiales de petróleo.
La estrella del baloncesto Michael Jordan cobró en 2008 por un anuncio de la marca Nike de un minuto de duración, lo mismo que recibieron sus 85.000 trabajadores de Indonesia por su trabajo de ese año.
La acumulación de riqueza constituye una atrocidad mayor que el canibalismo y ocasiona muchas más víctimas que él.
La maquinaria del “progreso” necesita ser alimentada con sacrificios humanos para rendir a tope.
Mientras por la boca vomita bienes y beneficios, por el ano excreta inservibles.
Si antes eran pobres los que no tenían trabajo, ahora lo son también los que lo consiguen. A los contratos por horas, días o meses, se les denomina "empleos", contabilizándose como tales.
La disminución de los riesgos físicos ha sido compensada por un aumento de las preocupaciones y la inseguridad que nos obliga a combatir aquello mismo que nosotros mismos alentamos: llevar una vida sedentaria y mantenernos en forma, hacer negocios y respetar el medio ambiente, enriquecernos sin crear pobreza, encontrar empleo donde no lo hay...
El déficit de autoestima y de confianza que de ello se deriva, nos asfixia
. La OMS prevé que para el año 2020 la depresión sea la causa más importante de incapacitación y fallecimiento después de las enfermedades cardiovasculares.
Y el número de personas que deciden acabar con su vida va en aumento. En EEUU mueren ya más por suicidio que por accidentes de tráfico, o por sobredosis de medicamentos que de drogas.
El mercado de sicofármacos agiganta sus ganancias, proveyendo sedantes, antidepresivos y somníferos para hacer frente a la creciente devastación existencial, tan fuerte o más que la ambiental.
La patología mental es la industria médica del futuro; se necesitan drogas legales que permitan al ser humano adaptarse a situaciones cada vez más estresantes, perjudiciales y angustiosas para él.
Pero aunque los males del alma no se dejen radiografiar, los síntomas de su descomposición saltan a la vista: ansiedad, fobias, obsesiones, trastornos emocionales, de conducta y de alimentación, hipocondría... el 10% de la población norteamericana toma diariamente píldoras para dormir.
El círculo de la drogadicción se completa con el consumo de crack en los estratos bajos, de cocaína entre los ejecutivos y de fármacos en las personas mayores para mejorar sus prestaciones sexuales.
La tranquilidad es una pastilla.
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2015.10.02 16:58 Majestic-Vigo La talidomida,Hace años provocó graves malformaciones en 20.000 recién nacidos.

*Sanidad apoya el uso de la talidomida para tratar el cáncer a pesar de su enorme riesgo*
El Ministerio de Sanidad y Consumo asegura que el uso de la talidomida (Thalidomide) va a aprobarse para tratar algunos tipos del cáncer... a pesar de que se trata de un producto que fue retirado porque provoca gravísimas malformaciones en el feto. Fernando García Alonso, Subdirector General de Farmacia y Productos Sanitarios, ha justificado su aprobación alegando que no se permitirá su uso en embarazadas.
La medida ha llevado a la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (cerca de 500 españoles sufren hoy malformaciones en las extremidades generadas por medicamentos derivados de ese químico) a anunciar que si finalmente se aprueba emprenderá acciones judiciales.
En España se comercializaron siete fármacos que contenían talidomida entre 1957 y 196, año en que fueron retirados del mercado.
Es un sarcasmo que durante esos años la talidomida se prescribiera a las embarazadas para paliar los efectos habituales en los primeros meses -como los vómitos o los mareos- y lo que hiciera fue provocar graves malformaciones en más de 20.000 recién nacidos de todo el mundo.
Además, no hay un solo estudio científico serio que justifique el uso de la talidomida en enfermos de cáncer. Porque si bien es verdad que hay hospitales que la utilizan como “uso compasivo” para tratar algunos cánceres con la alegación de que “retrasan” su desarrollo el resultado final es... la muerte.
Las personas agrupadas en la Asociación de Víctimas de la Talidomida exigen pues que el producto siga siendo ilegal y recuerdan que dos artículos de la Ley del Medicamento prohíben de forma expresa de nuevo su legalización. Es más, exigen de paso que las autoridades sanitarias "reconozcan por fin a las víctimas que provocó la talidomida y se acuerde de una vez una indemnización económica para todas ellas".
Y es que –explican- “España es el único de los 50 países que se vieron afectados por el uso de la talidomida que no ha reconocido a las víctimas a pesar de que en 1980 la Dirección General del Medicamento confirmó en un escrito que se habían comercializado en España siete productos con talidomida".
La asociación de víctimas denuncia además que, de hecho, el laboratorio Pharmion está ya distribuyendo el producto en los hospitales -bajo el nombre de Talidomida Pharmion- a más de 300 euros la caja de 28 pastillas. Y añade que el producto se puede además obtener fácilmente en el mercado negro en Internet.
La talidomida se comercializó con numerosos nombres -Imidan, Varian, Contergan, Gluto Naftil, Softenon, Noctosediv, Entero-sediv, Entero-Sediv-Suspenso…- entre 1958 y 1963 como sedante y calmante de las náuseas durante los tres primeros meses de embarazo alegándose que carecía prácticamente de efectos secundarios negativos y que en caso de ingestión masiva no resultaba letal.
La verdad sin embargo es que provocó a decenas de miles de bebés focomelia, anomalía que se caracteriza por la carencia o excesiva cortedad de las extremidades.
Anormalidades que podía transmitir la madre si lo tomaba bien como sedante, bien como calmante de las náuseas durante la gestación y también el padre si lo tomaba como sedante porque afecta al esperma.
Constatados sus efectos teratogénicos -es decir, que provoca malformaciones congénitas- fue empezado a retirarse lentamente siendo uno de los últimos en hacerlo España que no lo hizo hasta 1962 provocando malformaciones a cerca de 3.000 bebés sin que los sinvergüenzas que lo permitieron hayan pagado jamás por ello. Como en tantos otros casos.
Las víctimas españolas de la talidomida son las únicas de toda Europa que no fueron indemnizadas. Sí, España es diferente... sobre todo a la hora de asumir responsabilidades.
*Ya está bien de tomar el pelo a la gente,porque lo grave de todo esto es que 50 años después ¡ sigue pasando lo mismo con multitud de fármacos ! Y la razón es simple: los dirigentes de los grandes laboratorios farmacéuticas gozan de impunidad que compran una y otra vez a golpe de talonario*
La talidomida, pura o mezclada con otras drogas, se ha estado vendiendo por lo menos con 52 nombres, cuya lista damos a continuación. Si tiene usted en su poder alguna de estas drogas, deshágase de ella o entréguela a su médico.
Algosediv Imidan Poly-giron Sedoval-K17 Asmadion Imidene Poligripan Slip Asmaval Imidene hipnótico Predni-sediv Softenil Bonbrrin Isomin Profarmil Softenon Calmorex Kevadon Psycholiquid Talarfan Contergan Lulamin Psychotablets Talimol Coronarobetin Neo Nibro Quetimid Tensival Distaval Neosydyn Quietoplex Thalin Ectiluran Neurosedyn Sanodormin Thalinette Enterosediv Nevrodyn Sedalis Theophilcholine Gastrimide Noctosediv Sedimida Ulcerfen(*) Glutanon Noxodyn Sedin Valgis Grippex Peracon Expectorans Sediserpil Valgraine
Más info en:
http://www.avite.org/
*::::: A V I T E ::::: Asociación Víctimas del Talidoma*
http://www.avite.org/
Las víctimas españolas de la talidomida son las únicas de toda Europa que no fueron indemnizadas. Sí, España es diferente... sobre todo a la hora de asumir responsabilidades.
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2014.12.28 11:02 foresbailo AHORA QUE ESTAMOS EN LA FIESTA DEL CONSUMO LLAMADA NAVIDAD...El imperio del consumo POR Eduardo GALEANO

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo. El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial. «Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar. El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico. Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas. El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín. Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar? El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas. Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio. Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas? El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial. El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas. La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.
Eduardo GALEANO Montevideo, Uruguay
http://latinoamericana.org/2005/textos/castellano/Galeano.htm
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